Confía en ti
Por Chema Martínez Pastor
¿De qué depende que te salga una carrera perfecta*?
(*) dícese de aquella en la que cumples el objetivo propuesto, el cual requerirá un desempeño excepcionalmente bueno en carrera, y siempre partiendo de una preparación adecuada.
Vamos a pensar en la siguiente situación: tienes un objetivo fijado en tu temporada, que como siempre, se reduce a “conseguir acabar X distancia en Y tiempo”. Supongamos que el objetivo es alcanzable, pero sabes que te va a suponer un esfuerzo. De ahí que lo llamemos, a partir de ahora, reto.
Pues bien, para que tu reto se cumpla, tienen que pasar muchas cosas. Si alguna falla, será muy difícil conseguirlo. Por resumir, digamos que tienen que cumplirse factores que afectan a tres fases:
Fase Histórica: es decir, tus condiciones en el momento de fijar el reto tienen que ser adecuadas para que la preparación te lleve a conseguirlo. Ejemplo: si tu objetivo es el maratón, pero nunca has corrido más de una hora, la fase histórica digamos que no juega a tu favor.
Fase Preparatoria: todo lo que tenga que ver con el plan de preparación para tu reto. Abarca todo: que no tengas contratiempos, que el plan esté bien construido, que des el tiempo suficiente para que los resultados positivos se vayan consolidando… Por ejemplo, si tienes en tu plan de maratón un total de 3 tiradas de 26 kms y sólo puedes hacer una por compromisos familiares o cansancio excesivo, diríamos que tu fase preparatoria no ha facilitado que cumplas tu reto.
Fase Competición: una vez construido todo lo anterior, si el día de carrera falla algo, pues mal vamos. Ejemplo: si te dejas llevar por la emoción y sales 10 segundos por kilómetro más rápido en tu maratón, y te ataca luego el muro muy fuerte, diríamos que tu fase de competición no ha sido la deseada para cumplir el reto.
Y aquí me quiero parar, ya que venía a hablar de eso precisamente. Que una carrera en la que vas a ir al límite te salga bien es un equilibrio delicado. Muchas cosas tienen que jugar a tu favor. Algunas las puedes controlar (llevar los ritmos, alimentarte, beber…) y otras no (una molestia inoportuna, una ampolla que no esperabas, calor, lluvia…).
De todo lo que influye en el desempeño en carrera, una de las cosas que me parece más importante es la mentalidad. Y aquí te voy a contar un par de anécdotas personales. Una más estúpida que la otra. La menos estúpida tiene que ver con mi época de estudiante. Me considero una persona con una inteligencia media y con una capacidad de concentración también mediana. En la universidad no era de los que se mataban estudiando. Nunca he sido bueno a la hora de pasarme horas y horas recitando una lección, así que mi estudio solía ser una fase de resumen y luego leerme 3-4 veces esos resúmenes. El día anterior dejaba los apuntes pronto y no los volvía a tocar.
¿En qué creo que soy muy bueno? En que nunca dejé que un examen me intimidase. Siempre me plantaba ante ellos con la mayor confianza posible. Sabía que mi forma de estudiar era suficiente como para responder a la mayoría de las preguntas que me iban a plantear.
Seguridad.
¿Dudas? Ni por un momento. No digo que no tuviera momentos de apuro en alguna respuesta que no sabía. Claro. Pero nunca dejé que los nervios me atenazaran ni por un momento. Siempre he dicho que era mucho mejor haciendo exámenes que estudiando para ellos.
La anécdota estúpida me pasó trabajando, pero no una sino varias veces. Correr se me da regular. Pero el baloncesto se me da fatal. En lo que soy muy bueno es en encestar bolas de papel en papeleras. Pero mucho. Extremadamente bueno.
Mi especialidad era, desde mi puesto de trabajo, arrugar aquellos papeles que ya no necesitaba y lanzarlos de espaldas a una papelera que estaba unos 3 metros detrás de mí. Un día, lancé un par de bolas, sin mirar siquiera si habían caído dentro.
Lo habían hecho. Triplazos.
Yo seguí trabajando como si tal cosa, hasta que un compañero me llamó y me dijo “¿Pero cómo has hecho eso?” Lo había estado viendo todo y estaba flipando. Le miré, arrugué otra bola y la lancé por encima de mi hombro.
“Confianza” le dije.
Y dentro otra vez.
De verdad que no me considero habilidoso. Pero en el fondo sé sin esa confianza, las bolitas de papel no entrarían.
No habría conseguido muchos de mis (modestos) objetivos corriendo.
Algo así me pasó el domingo pasado, corriendo aquí:
Los 20k de Bruselas son una recomendación que os dejo, si queréis hacer una carrera top (¡Gracias, Reyes Magos!). Más de 40.000 corredorxs, 6 oleadas, muchos avituallamientos, salida y meta en el Parc del Cinquantenaire y animación en todo el recorrido, el cual se desarrolla en gran parte por parques de la ciudad.
No había preparado la carrera específicamente, pero tenía un reto. Por mi estado de forma y entrenamiento, pensaba que podría hacerla en 1h20’, es decir a 4’00” de media. Esos ritmos no he sido capaz de hacerlos en una media maratón, por ejemplo, así que era un reto desafiante.
Me planté allí pensando que podía hacerlo. Confiando.
¿Salió? Mejor de lo que había pensado. 100 segundos mejor, de hecho, y acabando razonablemente fresco (cosa que no puedo decir esta semana, la recuperación está llevando su tiempo, así que no me estoy exigiendo mucho).
Hubo momentos de duda en carrera, sobre todo en el primer tercio, donde pensaba que me había excedido siguiendo a la liebre. La dejé ir un poco, me concentré en mi carrera, y dejé que la preparación hiciera el resto.
No sé cómo habría sido la carrera si me hubiera entrado el miedo o la desconfianza. Pero prefiero pensar que, igual que hice con esa bolita de papel por encima del hombro, la confianza jugó un papel importante en el resultado.
Post-data: ¿no deberían ser así todas las fiestas post-carrera?
Post-post-data: ¿sabes cuál fue uno de los factores clave en mi rendimiento? No haber fallado a ninguna tirada larga los fines de semana. Meter rodajes largos (en mi caso intento hacer cerca de 2h) a ritmos muy suaves (en mi caso 145-150 ppm) es clave para llegar con piernas al final de una carrera.




